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martes, 21 de mayo de 2013

Función de vacas (fragmento)



A las primera vueltas ya se halló
el toro solo en medio de la arena;
por no saber qué hacerse va a la valla,
a ver si en algún tonto el cuerno estrena;
más desde allí la tímida canalla,
que estando en salvo, de valor se llena,
al pobre buey le ablandan el cogote,
unos con pincho y otros con garrote.


En esto con su capa colorada
sale a la plaza un malcarado pillo,
puesto en jarras, la vista atravesada,
y escupiendo al través por el colmillo,
dice con una voz agacharada:
“Echen, échenme acá al animalillo”,
más viene el buey, él piensa que le atrapa,
quiere echarle la capa pero escapa.


Hecha al fin la señal de retirada,
que en otras partes suele ser de entierro,
pues muere el animal de una estocada,
o a las furiosas presas de algún perro,
sale el manso y pastor de la vacada,
y al reclamo del áspero cencerro,
la plaza al punto el buey desembaraza,
quedando otros más bueyes en la plaza.
(...) 





Juan Bautista Arriaza
Poeta Español
(1770 - 1837)

sábado, 11 de mayo de 2013

Himno a los pájaros



Dios te guarde pajarito
flor del bosque plumas oro
nadie mate tus pichones
nadie toque tu tesoro.

La tormenta no te asuste
en las noches despiadadas
que el viento no te castigue
ni te maten las heladas.

Que el cazador no te encuentre
cuando te busca en la selva
la sombra por defenderte
en sus repliegues te envuelva.

Vuela siempre por los aires
canta siempre entre las ramas
picotea los jardines
cuelga el nido en las retamas.

Dios te guarde pajarito
flor del bosque plumas de oro
nadie mate tus pichones
nadie toque tu  tesoro.



Alfonsina Storni
Poeta y Escritora Argentina
(1892 - 1938) 

martes, 29 de enero de 2013

El surtidor encarnado



Por: Orlando Gonzalez Esteva
Poeta y Escritor
CUBA |  29 DE ENERO DE 2013
Regalar el corazón de un animal como si se regalara el propio, y no satisfecho con regalarlo atravesarlo con un arma blanca y cuidar que ambos, arma y músculo, lleguen juntos a su destinataria, una dentro del otro, es una prueba de amor capaz de estremecer a la mujer más indolente, máxime si el animal es un toro, es decir, una mole viva. La violencia practicada al instante de sacrificarlo y destazarlo debe entenderse como proporcional a la pasión del amante, a las fuerzas que ansía volcar sobre quien lo encandila.
Es difícil imaginar a José Martí enfrascado en semejante acción. El dolor humano nunca se le antojó mayor que el animal, al contrario, al punto de que, a veces, recurrió a éste para explicar el suyo; explicárselo a sí mismo en la privacidad de un cuaderno, aunque el apunte supusiera una interlocutora: 
Y me arrancaré tu amor que me duele, como un zorro cogido en una trampa se amputa con sus dientes el miembro preso. Y me iré por el mundo sangrando, pero libre.
Sólo la certeza de que el amor lo explica todo puede haberle llevado a exonerar a un compatriota que, no sabiendo cómo dar testimonio irrefutable de la magnitud de sus sentimientos, inmoló a un toro y le extrajo aquella víscera que, maltrecha, mejor pintaría su estado de ánimo:
Hubo en tierras de Cuba un magnífico semisalvaje que comía peces y todo género de carnes crudas, que no conoció la obra de las leyes, y ni acató ni violó jamás ninguna; que dio un hijo a la tierra; a su pueblo, un soldado; y a una mano impía que no lo preservó, su vida en un libro; que huía, llegada la noche, de las moradas de los hombres, cual noble ciervo de traidora trampa; y decía en altas voces que iba en busca de su “palacio azul”; que amó a los niños y a su caballo, y odió a los malvados; que se prendó una vez de dama altiva, y abatió un toro, le arrancó el corazón, clavó en él un cuchillo, y envió el presente a la dama como palabra de su amor (…)
No hay condena al amante, al contrario, y el retrato suyo que se nos ofrece aún palpita, como el toro en trance de expirar. El retrato es, en realidad, el corazón del toro extraído de cuajo y puesto, todavía caliente, sobre una hoja de papel o dentro de la pantalla del ordenador al que ahora nos asomamos. Hay párrafos de Martí donde más que literatura hay criatura, donde el texto nace, no se escribe, y lo que parece animarse delante del lector, y respirar entrelíneas, jadear más bien, y arrojarle su aliento al rostro --como el buey que Rubén Darío viera echando vaho un día / bajo el nicaragüense sol de encendidos oros-- no es el lenguaje sino un ser vivo que pugna por manifestarse y abrirse paso hasta él.
Los toros de Martí no salen ni saldrán del ruedo mientras exista la lidia, porque saben que sólo ilustrando lo que él denuncia podrán contribuir a que el hombre moderno se deshaga del bárbaro que aún lo habita. Martí, que identificó su verso con un ciervo herido, no podía menos que condenar a aquéllos que, armados de banderillas, picas y estoque, se recreaban atormentando a un animal, y a aquellos otros, igualmente feroces, que los aplaudían:
(…) ¿puede un pueblo que ama la sangre de la corrida de toros, que lleva a la esposa y a la hija a ese espectáculo cruel de arena roja, que llena el aire de gritos por la agonía del toro moribundo, puede un pueblo así convertirse en un pueblo industrioso y pacífico?¿Puede verse con tanta frecuencia la sangre sin que se le entre a uno por los ojos? Esa sociedad de toros, ¿no hace toros a los hombres? Ojalá que pronto alumbre el día en que ninguno de sus hombres independientes y orgullosos llegue al hogar en busca del reposo del vivir, y oiga las palabras de una mujer que hace poco exclamó al ver en la plaza a un toro partir en dos un caballo muerto: "¡Jesú, qué toro tan divino!"
(…) lo de herir por herir y habituar alma y ojos de niños, que serán hombres, y mujeres que serán madres, a este inútil espectáculo sangriento, ni arrogante, ni animado, ni hermoso es.
Martí no escatima detalles a la hora de describir la atrocidad de una corrida. Más que contar, sienta al lector en las primeras gradas de la plaza y no sólo lo fuerza a ver lo que sucede en el ruedo sino a oír y a oler, mientras la multitud enardecida celebra la infamia:
A veces el banderillero se coloca casi entre los cuernos de la bestia enfurecida, con la nariz del animal a sus pies, y lanza los dardos sobre su carne temblorosa. El toro ruge y brama. Embiste, retrocede, se detiene, carga y vuelve a cargar, y finalmente se mueve alrededor de la arena, su gran lomo cubierto con los penachos de los dardos clavados en su cuello. Hay que matar más caballos. Aunque las patas débiles del toro apenas puedan sostenerlo, aunque los chorros de sangre corran de su cuerpo, y aunque llene la plaza con sus bramidos de dolor, una banderilla de fuego es arrojada contra su cuello. Al penetrar el dardo en la carne se enciende la “baqueta”. El olor de carne quemada llena el aire y un humo negro sube en espirales del cuello ensangrentado. El bramido del infeliz animal se vuelve horrible. Algunas veces el toro se echa en la arena y se niega a seguir luchando. Entonces se acerca un hombre con una afilada hoz, atada a un palo, y en medio del aplauso del gentío le corta las rodillas y las piernas al animal. Saltan lágrimas de los ojos enrojecidos. El toro caído trata de levantarse. Se arrastra por el suelo. Quiere vivir aún, pero lo rematan con cuchillos.
Echa uno de menos los toros que pastan en Meñique, la versión del cuento de Édouard René Lefèvre de Laboulaye hecha por Martí paraLa Edad de Oro:
Mi padre tiene tantas tierras que una ternerita de dos meses que entra por una punta es ya vaca lechera cuando sale por la otra. 
—Eso no me asombra, —dijo la princesa. En tu corral no hay un toro tan grande como el de mi corral. Dos hombres sentados en los cuernos no pueden tocarse con un aguijón de veinte pies cada uno.
—Eso es una bicoca,-- dijo Meñique. La cabeza del toro de mi casa es tan grande que un hombre montado en un cuerno no puede ver al que está montado en el otro.
El toro que se detiene, exhausto, en medio de la arena despiadada, bañado en sangre y sudor, con un puñado de banderillas saltándole del lomo, salpicando el traje de luces y el capote insolentes, y mira al graderío que vocifera y exige su aniquilación, es hermano profundo de José Martí:
Miro a los hombres como montes; miro,
como paisajes de otro mundo, el bravo
codear, el mugir, el teatro ardiente
de la vida en mi torno: ni un gusano
es ya más infeliz: ¡suyo es el aire,
y el lodo en que muere también es suyo!
Siento la coz de los caballos, siento
las ruedas de los carros; mis pedazos
palpo (…)
Y es imagen, a pesar de su corpulencia, del propio escritor y de su álter ego más leve:
Mi verso es un surtidor
que da un agua de coral.


martes, 11 de diciembre de 2012

Sobre la construccion de nuevas plazas de toros en España



¡Bravo!... generación; rauda caminas
a modelar tus hombres con las fieras;
¡bien tus nobles misiones adivinas,
te escapas de las cátedras latinas
y en las plazas de toros te atrincheras!
Nuevos campos de lid a los toreros
levanta ¡o patria! agota los tesoros.
¿Pueblo de sabios son los extranjeros?
Pues aquí somos pueblo de vaqueros...
necios ¿qué vale más, leyes o toros?
¿La libertad, qué importa mientras brama
el acosado toro en la llanura
y la arena socava y desparrama
y sufre el aguijón... sufre la llama,
de la infeliz España imagen pura?
Y cuando ronco ya lanza profundos
del traspasado pecho los bramidos
y hombres caen y alazanes moribundos
¡cómo es ver a los mozos rubicundos
romper en gozosísimos silbidos!
Y a las damas, las dulces, las mimadas,
corazones de leche delicados,
cebarse en contemplar ensangrentadas
las carnes del buen toro acribilladas,
los pechos del caballo desgarrados.
Mas escuchad; a defender la lucha
de hombres y toros se levanta osado
el petulante hidalgo que me escucha
«Yo vengo —exclama— aquí con gloria mucha
porque esto es Español». ¡Bien, ha gritado!
¡O Nacional ardor! cien aureolas
de rubias astas en la docta frente
coloquen del mancebo, que halla solas
en los chulos las glorias Españolas,
en los toros su fuerza prepotente.
Para aquellas ¡oh pueblo! almas de toro
el valor y el saber son extranjeros;
no aprenden en el Cid que bate al moro,
no abren de nuestros libros el tesoro
y de España osan ser con ser toreros.
Pues también en las bellas de la España
tanto el patrio cariño se acrisola
que ven con entusiasmo a la alimaña;
con ellas la bondad es planta extraña,
tan sólo la crueldad es Española.
¡Quién me diera tu numen, Jovellanos,
para tronar y despedir centellas
contra aquellos padrones castellanos
que se elevan más altos, más ufanos
en vez de perecer bajo tus huellas!
¡Varón ilustre, si tu mente pura
de los rayos del sol aquí desciende,
mira al pueblo Español en esa altura,
cómo rápido avanza en la cultura,
cómo en la escuela de la ciencia aprende!
Pan y toros tenemos —prorrumpiste—
pero tu siglo fue siglo de oro,
el nuestro, Jovellanos, es más triste,
tú, al menos, con el toro pan tuviste,
¡a nosotros nos dan sin pan el toro!


Carolina Coronado
Poetisa Española
(1820-1911)

jueves, 15 de noviembre de 2012

El Pájaro herido de una flecha



Un Pájaro inocente,
herido de una flecha
guarnecida de acero
y de plumas ligeras,
decía en su lenguaje
con amargas querellas:
"¡Oh crueles humanos!
más crueles que fieras,
con nuestras propias alas,
que la naturaleza
nos dio, sin otras armas
para propia defensa,
forjáis el instrumento
de la desdicha nuestra,
haciendo que inocentes,
prestemos la materia.
Pero no, no es extraño
que así bárbaros sean
aquellos que en su ruina
trabajan, y no cesan.
Los unos y otros fraguan
armas para la guerra.
Y es dar contra sus vidas
plumas para las flechas."



Felix María Samaniego
Fabulista y Poeta Español
(1745 - 1801)


martes, 30 de octubre de 2012

Toro Muerto




Un trueno congelado es tu cabeza
que coronan dos rayos afligidos,
dos rayos silenciosos, detenidos
por la muerte que puebla tu fiereza.

Derribada cayó tu fortaleza,
tus bravos huesos míralos vencidos,
los mares de tu sangre convertidos
en un inmóvil llanto sin braveza.

La muerte ya la ves: un simple ruido,
una mano tenaz, febril, helada
sobre el amante corazón rendido.

Y mira qué inclemente y sosegada
juntó tu brava sangre y el olvido,
en ti implantando el reino de la nada.


Rafael Morales
Poeta Español
(1919 - 2005)


Monólogo del Mono



Nacido aquí en la jaula, yo, el babuino
lo primero que supe fue: este mundo
por dondequiera que lo miré tiene rejas y rejas.
No puedo ver nada
que no esté ennegrecido por las rejas.
Dicen: Hay monos libres.
Yo no he visto
sino infinitos monos prisioneros,
siempre entre rejas.
En las noches sueño
con la selva erizada por las reglas.
Mi existencia consiste en ser mirado.
Viene la multitud que llaman "gente".
Le gusta enardecerme. Se divierte
cuando mi furia hace sonar las rejas.
Mi libertad es mi jaula. Sólo muerto
me sacarán de estas brutales rejas.



José Emilio Pacheco
Poeta y Escritor Mexicano
(1939 - )

viernes, 26 de octubre de 2012

Fragmento de la Epístola Satírica y Censoria Contra las Costumbres Presentes de los Castellanos

Por: Francisco de Quevedo y Villegas



Pretende el alentado joven gloria
por dejar la vacada sin marido,
y de Ceres ofende la memoria.
Un animal a la labor nacido,
y símbolo celoso a los mortales,
que a Jove fue disfraz, y fue vestido;
que un tiempo endureció manos reales,
y detrás de él los cónsules gimieron,
y rumia luz en campos celestiales,
¿por cuál enemistad se persuadieron
a que su apocamiento fuese hazaña,
y a las mieses tan grande ofensa hicieron?
¡Qué cosa es ver un infanzón de España
abreviado en la silla a la jineta,
y gastar un caballo en una caña!
Que la niñez al gallo le acometa
con semejante munición apruebo;
mas no la edad madura y la perfeta.
Ejercite sus fuerzas el mancebo
en frentes de escuadrones; no en la frente
del útil bruto l'asta del acebo.
El trompeta le llame diligente,
dando fuerza de ley el viento vano,
y al son esté el ejército obediente.
¡Con cuánta majestad llena la mano
la pica, y el mosquete carga el hombro,
del que se atreve a ser buen castellano!
Con asco, entre las otras gentes, nombro
al que de su persona, sin decoro,
más quiere nota dar, que dar asombro.
Jineta y cañas son contagio moro;
restitúyanse justas y torneos,
y hagan paces las capas con el toro.



Francisco de Quevedo y Villegas
Escritor Español
(1580 - 1645)


martes, 23 de octubre de 2012

Es Amor lo que Pido (Soneto)




Cantatas, sinfonías, mil conciertos
no bastaron para abrir tu corazón,
con la sangre de inocentes, sin razón,
reclamaste a las cinco los seis muertos.

De Quevedo y Baroja cien sonetos,
de Unamuno su rechazo, a la sazón,
no frenaron la barbarie del arpón,
pasatiempo de infamia sin respetos.

Es amor lo que pido y te reclamo,
es derecho a la vida lo que exijo,
es justicia la norma que proclamo.

Del cielo y el perdón eres aún hijo,
del sino de los toros no eres amo,
la Bula de San Pío ya lo dijo.


- Antonio García Palao -


Tomado del Sitio Web: Liceus.com


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